domingo, 14 de febrero de 2016

HOMENAJE A ALEXANDRA BOULAT

Aunque no soy muy de celebrar San Valentín, la fecha me va a servir de excusa para mostraros aquí uno de mis relatos. En concreto el que lleva por título La Boulat, con el que obtuve el 2º premio en el VII Certamen de Declaraciones de Amor "Dime que me quieres" del año 2008 -organizado por el Ayuntamiento de Málaga-, y que no es más que un homenaje a la reportera gráfica francesa Alexandra Boulat que falleció en trágicas circunstancias en el 2007.


LA BOULAT


Málaga, 5 de octubre de 2007

Estimado Morenatti:
   Al recibir ayer el correo con la noticia de la muerte de Alexandra me sentí noqueado. Fue un gancho directo a la boca del estómago, donde se me ha instalado un dolor inmenso. Gracias por comunicármelo con tanta celeridad y por haberme tenido al corriente durante el tiempo que estuvo en coma. También por la foto que me envías.


Alexandra Boulat (Fotografía: Jerome Delay / Associated Press)


   Observo su cuerpo menudo junto a la mole metálica, cuyo cañón me apunta directamente, y me fijo en sus manos y en la cámara que sostienen. La sonrisa que ilumina su rostro es la misma que me brindó hace poco más de dos años en la Ciudad de la Luz, mientras cubríamos las revueltas de los suburbios, las banlieues en las que se hacinan los jóvenes inmigrantes.
   Nos habíamos conocido esa misma mañana, en un café cercano al suburbio de Seine-Saint-Denis. Yo estaba pintarrajeando una de mis moleskines cuando la saludó el redactor que me acompañaba. Recuerdo que entonces se sentó en nuestra mesa y que, después de presentarnos, me pidió ver los dibujos del cuaderno. Yo miré detenidamente su cuerpo delgado, sus manos finas de dedos largos, su rostro anguloso en el que destacaba su sonrisa, blanca y cautivadora, y esos ojos acostumbrados a la observación de las cosas y de los hombres, que reflejaban bondad e inteligencia. Me dijo que los dibujos le gustaban mucho y me confesó que a ella también se le daba bien dibujar, que de pequeña siempre había soñado con ser pintora y que no descartaba hacerlo en el tercer acto de su vida, cuando se retirase a la campiña.
   Volví a encontrarla aquella misma tarde. Es la memoria la que me devuelve ahora a ese escenario: ambos con un ojo pegado al visor, moviéndonos entre la gendarmerie y los manifestantes, corriendo de un lado a otro entre el sonido de las sirenas y de los cristales rotos. Cuando nos arrimábamos a los policías, nos llovían las piedras, y los cócteles molotov pasaban por encima de nuestras cabezas; y cuando cambiábamos de bando teníamos que esquivar las bolas de goma de los antidisturbios. Entonces ella dijo que aquel era el "Mayo del 68 de los Desheredados"; que ahora, como treinta y ocho años atrás habían hecho los estudiantes, exigían un futuro mejor. El desencadenante de aquel estallido, que desde el extrarradio prendía los coches de las calles más céntricas de París, había sido la muerte accidental de dos adolescentes cuando huían de la policía. Así protestaban y reclamaban su sitio en la sociedad los "zidanes" pobres: levantando barricadas, quemando contenedores, saqueando tiendas y arrojándoles piedras a los policías.
   Al amanecer, cuando todo hubo acabado hasta la noche siguiente, nos sentamos agotados en una patisserie. Y mientras pedíamos café y croissants, nos miramos en ese silencio de camaradería que es preludio de una larga conversación. Ella había hecho tónica la última sílaba de mi nombre, y yo me reía cada vez que se dirigía a mí con un "Sergió". En esos momentos, me parecía más rusa que francesa. No sabes lo feliz que me hizo aquel desayuno... Reconozco que intenté ligar con ella, pero no tuve éxito. Me calificó de "caníbal emocional", algo genético según ella: un tipo que nace infiel y se profesionaliza a lo largo de su vida. En mi descargo he de confesar que no sabía que estaba felizmente emparejada con ese realizador palestino. De todas formas, me habría gustado ganarle el corazón.
   Durante aquellas tres semanas de guerrilla urbana, registradas en el otoño de 2005, volvimos a coincidir unas cuantas veces. Ella solía entrar en las barricadas por las mañanas, sola, dispuesta a perderse entre bloques y pandillas, y no regresaba hasta la noche; entonces, si el azar se aliaba conmigo y la cruzaba en mi camino, compartíamos un trozo de pizza o un showarma de cordero. La gente se refería a ella como "Alex" o "La Boulat", pero yo prefería llamarla Alexandra.
   Al despedirnos, nos dimos los números de teléfonos y las direcciones de correo, y nos intercambiamos los libros que acabábamos de leer: yo le entregué una ajada edición de bolsillo de "Viaje al fin de la noche", de Céline, y ella me dio "La insoportable levedad del ser" (¡qué paradójico y perverso puede llegar a ser el azar!).

   Dejo de escribir por un momento y me acerco a la estantería a buscar el libro. Lo sostengo en mis manos, algo temblorosas, y busco entre sus páginas una de las fotografías que me envió. Aquella en la que se ve a una familia afgana amortajando el cuerpo de un niño que acaba de morir en un campo de refugiados, y, con los ojos húmedos, vuelvo a leer el poema que escribí en su reverso.


Alexandra Boulat, Afganistán 2001


VIEJA AMIGA*
¡Oh, vieja amiga, que vas y vienes
como una sombra, sin un ruido
ven, cansado estoy de ir huido,
posa tus labios sobre mis sienes!
Que el beso gélido que te pido
calme la fiebre que en mi sangre bulle;
el espejo refleja el temido
horror de la ruina que escarnece,
el viento solloza en la ventana,
las ramas del tilo golpean con fuerza
los cristales; el fin está cercano;
mis amigos han oído tu llamada
yo también confío
en ser sombra en tu reino lejano.


   Junto al libro hay una carpeta en la que guardo más fotos de ella y esos diez o doce emails que me traían noticias de su trabajo y de su vida. En ellos, escritos todos en un tono muy afable, mostraba siempre su interés por reflejar las consecuencias de la guerra y la auténtica realidad de la mujer en los países árabes. Quién mejor que ella para plasmar esas costumbres que, por cultura, son prácticamente inaccesibles para los hombres. Siempre se despedía con: "Un gran beso. Nos veremos". Desgraciadamente, nunca más la vi.


   En una de aquellas tardes parisinas me contó que el escritor André Malraux le dijo a su padre que "cada persona tiene dentro de sí un museo particular donde guarda todo lo que vivió y amó". Que cierto es... La echaré de menos.
   El próximo viernes 12 de octubre me acercaré a la iglesia y al cementerio de Jacque-ville. Es lo menos que puedo hacer por ella. Le llevaré unas flores y la despediré con un beso. Espero verte allí, para poder entregarte este abrazo. Gracias por aguantar el lamento de este corazón solitario.
   Un fuerte abrazo.
                                                                       Sergio
                                                                                

   De nuevo me acerco a la estantería, donde remiro los lomos de las moleskines hasta dar con la que llevaba en París. Retiro el elástico que comprime sus páginas y rebusco entre ellas las líneas que anoté el día de nuestro primer encuentro:

"Sentí el flechazo desde el primer instante. Su constante sonrisa, su amabilidad, sus refinados modales, y ese carisma que le daba haber tenido tantas vivencias y que la hacía aún más atractiva. Desprendía aventura, algo por lo que todos estábamos allí".

   Ahora, después de tantos años de trabajo, comprendo que compartíamos una misma forma de vivir y de ver el mundo, y que ambos éramos cautivos de nuestra querencia por la libertad y la soledad, nuestros demonios interiores que nos hacían ir de un a lado a otro sin anclarnos a ningún punto. Los amigos nos tachaban de imprudentes e irresponsables o pensaban que teníamos más valor que nadie, pero nada de eso era cierto. Tan sólo desarrollábamos el único trabajo que nos permitía sentirnos vivos. Nos gustaba registrar la realidad desde dentro, sabiendo que con cada disparo de nuestras cámaras estábamos construyendo una toma de posición, y por eso aceptábamos y explorábamos los riesgos de nuestra profesión.


Relato obra de Pedro Delgado Fernández.
*Poema de mi padre, Francisco Delgado Acosta.


La reportera gráfica Alexandra Boulat, cubrió conflictos en Yugoslavia, Indonesia, Afganistán, Irak, Israel y Palestina, y su trabajo apareció en revistas tan prestigiosas como París Match, Time, Newsweek, Stern y National Geographic. Ganó numerosos premios internacionales entre los que destaca el World Press, galardón conseguido, paradójicamente, con la cobertura del último desfile de Yves Saint Laurent. Debido a sus estudios de Bellas Artes, sus trabajos bordean la tenue línea que separa el fotoperiodismo del arte. En 2001 fundó con otros seis colegas la agencia de fotografía VII, y fueron conocidos en el mundo de la prensa como "los 7 Magníficos", pues eran los mejores fotoperiodistas del momento. Fueron su padre, Pierre Boulat -gran reportero de Life-, y su madre Annie -creadora de la agencia gráfica Cosmos-, quienes le contagiaron el virus de la fotografía.
En junio de 2007 sufrió una hemorragia cerebral, debido a una aneurisma, mientras trabajaba en la frontera de Gaza. La ambulancia palestina que la llevaba quedó retenida en la frontera hasta la llegada de otra ambulancia israelí que la condujo al hospital de Jerusalén. Allí, sometida a un coma inducido, fue operada, siendo trasladada después a París, su ciudad natal, donde falleció el 5 de octubre de ese mismo año a los 45 años de edad.

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